3. HAMLET: THEATRUM MUNDI

    Hamlet, de William Shakespeare, es una obra completísima, abierta a múltiples lecturas y que por muchos siglos que pasen no deja de cautivarnos. Se trata de una tragedia de venganza que no lo es, donde el protagonista, el príncipe Hamlet, busca y no la venganza para encontrar al final la madurez y discernir mejor el sentido de la vida justo antes de perderla. En resumen, Hamlet parece una cosa para convertirse en otra, lo que es a fin de cuentas el juego del teatro, mostrar una realidad que es y no es y viceversa. 

    A fin de no extenderme más demasiado, voy a centrarme en esta entrada sobre el aspecto que más me llamó la atención durante la lectura y que más paralelismo he encontrado con mi propia realidad. ¿Nunca has tenido la sensación de vivir dentro de una película o una gran trama? A menudo vemos en la ficción patrones que se repiten en la vida real, llegando a superar en inverosímil esta última a la misma ficción en ocasiones. En esto se sustenta el tópico del Theatrum mundi, en esta sensación que tenemos de vivir dentro de una gran comedia o tragedia según se vea -yo apuesto más por una tragicomedia-. En Hamlet hay numerosas referencias a este fenómeno, tanto implícitas en la trama como explícitas en algunas intervenciones del príncipe Hamlet. Por ejemplo, el príncipe Hamlet decide comprobar si el espectro dice la verdad a través de un artificio teatral, para juzgar el rostro de su tío Claudio, es decir, estamos ante una obra de teatro dentro de otra. 

Otra referencia clara y muy relevante para entender la psicología del príncipe Hamlet es el soliloquio que hace tras la interpretación del actor del discurso a Hécuba, donde el propio Hamlet reflexiona sobre sus sentimientos a raíz de una obra de ficción y formula el plan para desenmascarar al rey: "la representación será la trampa donde caerá la conciencia del rey" (acto II escena ii). No solo eso, también cuando habla a los actores sobre el modo en que deben desempeñar su labor -una forma en que el autor habla a través de su protagonista- vemos como la representación dramática es un espejo frente al mundo. Estos y otros ejemplos, como cuando Hamlet habla de su 'protagonismo' o arremete contra quien quiere 'robarle la escena', no dejan de ser un recurso irónico donde el propio autor invita a reflexionar, mostrando que los propios personajes conocen la quimera en que se desarrolla su vida, ¿acaso algo extrapolable a las nuestras?

    Acorde a esta idea final quiero concluir con este poema de Gil de Biedma que habla precisamente de esto, de entender la propia vida como un teatro, algo que no quedó en el Barroco sino que continúa siendo una realidad hoy en día. Es más, me recordó al propio personaje del príncipe Hamlet, con ese inicio del poema donde el yo poético es joven al igual que Hamlet al principio de la obra, para acabar madurando tanto el yo poético como el príncipe, entendiendo que solo hay un destino y un argumento posible: la muerte. 

                                                  No volveré a ser joven


                                                                 Que la vida iba en serio

                                                    uno lo empieza a comprender más tarde

                                                         -como todos los jóvenes, yo vine

                                                            a llevarme la vida por delante.


                                                                  Dejar huella quería

                                                            y marcharme entre aplausos

                                                         -envejecer, morir, eran tan solo

                                                               las dimensiones del teatro.


                                                               Pero ha pasado el tiempo

                                                         y la verdad desagradable asoma:

                                                                    envejecer, morir,

                                                         es el único argumento de la obra.

                                            Jaime Gil de Biedma (Poemas póstumos, 1968)



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