UN FINAL ALTERNATIVO PARA CÁNDIDO
El relato supone un final alternativo para Cándido distinto del jardín que crea Voltaire para su protagonista. La idea parte de imaginar qué ocurriría si Cándido viviera en el siglo XXI y cuáles serían sus desafortunadas aventuras. Se trata de un trabajo de clase breve pero con mucho mimo (no en vano es uno de mis libros favoritos), que además de imaginar como sería la vida de Cándido en el presente también trata de reproducir el particular estilo de la obra. En el último capítulo también participó mi amiga Almudena Polo.
CÁNDIDO EN EL S. XXI
Capítulo I: de cómo Cándido abandonó el jardín y se embarcó en un carguero.
El que fuera el nuevo inicio de la humanidad fue pronto el mayor de los suplicios habidos y por haber para el ya no tan joven Cándido. El diligente cultivo de la tierra fue gratificante para el desdichado grupo de filósofos, siervos y bastardos un largo tiempo, tanto que el pequeño jardín y sus habitantes sobrevivieron al tiempo y la historia cerca de tres siglos. No obstante, esta vacía eternidad empezó a despertar en Cándido el recuerdo de una vida trepidante y reflexiva, frente a aquella realidad mecánica y conformista. El trabajo dejó de ser suficiente, tampoco lo era aquel espejismo de la mujer a la que creyó amar antaño y por la que recorrió medio mundo. “Hace tiempo que estoy cansado de esta monotonía, de la falsa felicidad que hallamos en este rincón del mundo, ¡ay mi querido Cacambo! necesito encontrar un lugar en el que ser feliz como lo fuimos en elDorado”. Así confesaba Cándido a su antiguo siervo su determinación de salir del jardín en busca de uno nuevo. Antes de partir invitó a sus queridísimos amigos a acompañarle, pero ni siquiera la vieja o su fiel Cacambo quisieron seguirle. Pangloss determinó que se encontraban en el mejor de los jardines posibles y que la empresa de Cándido estaba vacía de fundamento; Martín opinaba que aquel jardín era malo, pero nada sugería que otros pudieran ser mejores. Cacambo despidió a Cándido entre lágrimas, disculpándose por no seguirle, pero habiendo encontrado el único lugar sobre la tierra donde era igual al resto, no quiso arriesgarse a perder el que había pasado a ser un derecho y no un privilegio. Partió Cándido del lado de Conegunda, recogió las últimas piedras que le quedaban de su viaje a elDorado y sin mirar atrás se adentró en el camino de tierra que tres siglos antes le condujo hasta allí. Apenas había bajado la colina y dejado la granja atrás notó como el camino se tornaba negro y liso. Lo siguió no sin cierto asombro suyo y de su caballo. Pronto observó a lo lejos Constantinopla, pero ¿qué veían sus ojos? había crecido 10 veces, ¡no 100 veces! Extasiado ante la imagen de la apoteósica urbe, despertó de su ensueño por culpa de un sonido peor que el de los cañones en aquella batalla entre búlgaros y ábaros. En su sorpresa cayó del caballo y este salió al galope en dirección al jardín de nuevo. Magullado, Cándido se giró y horrorizado contempló un carro de metal que se detenía de golpe frente a él. Pronto bajaron personas de este, subiéndole pese a sus alaridos a la terrible máquina. Cuando se tranquilizó, comprobó que los otomanos seguían dominando la ciudad. En lo poco que conocía de su lengua pidió que le llevaran al puerto. Extrañados, sus raptores cambiaron de rumbo del hospital al puerto, donde dejaron al aturdido Cándido. “Ciertamente el mundo parece otro, es imposible no sentirse más pequeño en este siglo” decía Cándido para sus adentros mientras buscaba entre grandes edificios de metal sin ventanas algún barco que lo sacara de aquella ciudad que amenaza con engullirlo. Pronto encontró unos marineros a lo que se acercó, ninguno hablaba su lengua y se les veía claramente confusos por la presencia de Cándido, no obstante, en el momento en que este sacó una de las piedras de elDorado comenzaron a entenderse a la perfección. Los amables marineros le condujeron ante el barco más grande y pesado que había visto Cándido en toda su vida. Por lo poco que entendió Cándido, aquel barco iba en dirección contraria a Portugal y la Argentina, lugares que prefería evitar por si se encontraba con la administración -que bien es sabido nunca olvida-. Embarcó ese mismo día junto con los últimos polizones entre aquellas cajas gigantescas de metal y se despidió desde la popa de aquella nueva ciudad que se había comido a la bella Constantinopla.
Capítulo II: del trayecto por mar que llevó a Cándido al fin del mundo para acabar después en el culo del mundo.
Nunca había viajado Cándido más cómodamente en todas las veces que había recorrido el mar. En aquella grandiosa nave la tempestad a penas parecía una brisa, la mar picada había dejado de ser un mal y surcaban los océanos como se camina por un amplio llano. “En verdad la tecnología de este tiempo es impresionante, ojalá pudiera verlo Pangloss, la facilidad con que se ejecutan las tareas más arduas en esta nueva era. ¡Ay, amigo! Si estuvieras aquí verías por ti mismo el mejor de los mundos”. Hablaba solo Cándido en alemán cuando encontró una contestación a su espalda: “así que el mejor de los mundos, ¿conoce usted otros mundos?”, sorprendido y agradecido, se giró de inmediato para encontrarse con un compatriota. Pronto se entendieron Cándido y aquel marinero, quien narró a Cándido a petición suya todo lo acontecido desde el momento en que dejaron de llegar las noticias del mundo exterior a su jardín. “Puedo ver por lo que narras amigo que en el mundo no ha dejado de derramarse lágrimas y sangre desde que me aislé de este, pero dime ¿quiénes son los grandes filósofos de este tiempo? Quiero conocer cuál es su visión del mundo.” Preguntaba esto Cándido a lo que contestaba su nuevo amigo: “no sé yo de esas cosas, pero muchos leen a un tal Coelho” “y dime ¿qué opina este gran pensador de vuestra era del mundo y el mal moral?” “tan solo que nosotros tenemos el poder de vivir en el mejor de los mundos y que la felicidad se halla dentro de cada uno”. Cándido quedó pensativo mientras reflexionaba sobre la sabiduría de este siglo que lo tenía cautivado. En apenas una semana llegaron a Japón, algo que Cándido no podía comprender a no ser que el mundo se hubiera hecho más pequeño. “Querido amigo, ¿cómo es esta tierra en la que vamos a desembarcar?”, el marinero atónito del desconocimiento del mundo del pobre infeliz que tenía delante dijo: “es complicado describir la sociedad de este país, sin duda son gente perseverante y fuerte, solo hay que ver lo rápido que se recuperan de los mayores desastres que puedas imaginar. Conservadores y con una historia oscura, sin embargo, son probablemente los diseñadores de la sociedad futura.” Cándido, preocupado por la mención de los desastres, preguntó de nuevo a qué se refería el marinero al hablar de los mismos, a lo que contestó: “pues de todo tipo, terremotos, olas gigantescas, armas capaz de destruir ciudades hasta sus cimientos…”. Pálido, Cándido rememoraba aquella ola que se llevó a su salvador o el terremoto que le llevó a sufrir la ira de los hombres. Muerto de pavor, se negó a desembarcar la semana que pasaron en el puerto de Miyazaki. De nuevo en el mar y alejándose de aquel archipiélago del demonio, Cándido volvió a salir a la superficie. Una vez fuera supo que su nuevo rumbo les conducía hasta África. Cándido, aliviado de haber escapado de otro más que probable auto de fe, sentía cierta preocupación al recordar el relato de lo que tuvo que soportar la vieja en costas marroquíes, pero a su vez se decía a sí mismo que si quería encontrar un nuevo jardín debía desembarcar en algún momento. De esta forma llegó en cinco días a Mombasa, donde desembarcó sólo pese a ver intentado persuadir al marinero de acompañarlo “estás más loco de lo que sospechaba, huyes de posibles desastres para meterte en uno, buena suerte.”. Así se despidió su amigo de él tras regalarle un ejemplar de El alquimista.
Capítulo III: de cómo Cándido recorrió de oriente a occidente África y lo que vio a su paso.
Pese a no haber visto mucho de este mundo desde su salida del jardín, pronto apreció Cándido que los diferentes lugares que atravesaba poco tenían que ver con el resto. Las ciudades por las que pasaba tenían escaso parecido con las ciudades japonesas que había visto a lo lejos o con la propia no-Constantinopla. Su entramado era azaroso y siempre estaban congestionadas de gente y de aquellos carros que asustan a los caballos. No había torres kilométricas hacia arriba, sino que la urbe se iba construyendo como un organismo vivo, con los tejidos que encontraba y sin un aparente orden. Fuera de las ciudades la naturaleza se extendía infinita, de la selva pasaba a la sabana y de esta al desierto. Cándido estuvo tentado a establecer su jardín en un par de ocasiones, movido por la felicidad que percibía por muchos de los sitios en los que paraba un tiempo para retomar fuerzas. Por lo general la gente era hospitalaria y vivaz, dos de las virtudes que más valoraba Cándido, no obstante, no todo lo que vio le animaba a asentarse allí definitivamente. “Esta es una de las más hermosas tierras que he visto, todavía así me entristece comprobar que este no es el mejor de los mundos como supuse al inicio de mi viaje”, esto debatía Cándido con un joven médico francés que encontró en uno de los poblados en los que paró. “Este lugar está maldito, combatimos las enfermedades que podemos, pero no traemos remedio para la guerra ni la codicia de Occidente” decía el francés mientras pichaba algo en el brazo de un niño escuálido. Cándido encontró mucha gente como el francés, algunos se esforzaban por aquellos desgraciados y otros que salvo el sello o los graciosos cascos azules que portaban poco hacían. Tras cinco meses atravesando África de costa a costa, Cándido vivió con los pueblos más distintos que pueden contenerse en una misma frontera; fue rehén de un señor de la guerra -del que huyó cuando otro lo atacó-; enfermó de malaria, lo que le hizo revivir aquel beso de juventud en medio de la fiebre; volvió a contemplar los estragos de las guerras inadvertidas… Al fin, llegó a otra de las muchas tierras en conflicto que había pisado tanto en este siglo como en el suyo. Desde allí se volvió a echar a la mar, sin embargo, esta vez no pudo encontrar mejor transporte que una barca que sustentaba solo el aire de los suspiros de esperanza. Desesperado y espantado por lo que había visto no encontró otra forma de seguir avanzando hacia su jardín y abandonar esa tierra maudite. Si la travesía en aquel barco tan pesado como un continente fue la mejor que pasó Cándido, esta sin duda fue la peor de todas. La gente amontonada, el frío y el miedo hacían insoportable la más leve de las olas. El trayecto fue aterrador, de las tres barcas que salieron solo la de Cándido llegó a tierra, siendo rescatados frente a la costa canaria. Cándido nunca había estado tan agradecido de pisar suelo español como en aquel momento, ni siquiera cuando huía de la inquisición portuguesa. Su dicha terminó pronto, cuando más de la mitad de sus compañeros en aquel infierno fueron deportados a su lugar de origen en pájaros de metal que, según decían otro de sus acompañantes, tardaban en realizar el viaje de vuelta en dos horas por el aire lo que a ellos les había costado 36 horas en el mar. No dispuesto a que le obligaran a volver, Cándido salió de aquel centro por la puerta -mientras sus compañeros escalaban los muros- y se dirigió al puerto para continuar su búsqueda de un nuevo jardín, aunque ya empezara a pensar más como Martín, siendo cada vez más probable que no hubiera ningún jardín bueno al que ir a parar.
Capítulo IV: del fortuito reencuentro de Cándido con el marinero y el hallazgo de la Atlántida.
Quiso la casualidad que Cándido se encontrara con Helmut, que era el nombre de su primer amigo en el s. XXI. Helmut consiguió meterle de nuevo en aquel portentoso navío destino esta vez a América del norte. “Tenías razón querido amigo, África es un desastre. Ya no estoy tan seguro de que este mundo sea tan diferente del mío, ¡qué cosas he visto, Dios mío! Dime Helmut, tú que has navegado por el mundo ¿son todos los lugares así de infaustos? Es terrible darse cuenta de lo poco que distancia tu tiempo del mío, si Pangloss decía que este era el mejor de los mundos y Coelho que nosotros hacemos que sea el mejor de los mundos, ¿cómo será el peor de los mundos y qué haremos para que lo sea distinto de lo que ya hacemos en este?”. Cándido se lamentaba así sin que el marinero le prestara atención, ya que, al igual que todos los demás, se dirigía a la proa del barco para vislumbrar mejor aquella extraña formación que había emergido de las profundidades del mar. El capitán desvió el rumbo para acercarse a aquella isla que había aparecido de la nada. Cuando estuvieron lo bastante cerca, todos los allí presentes quedaron estupefactos ante el descubrimiento de aquel siglo. Cándido, curtido por la experiencia, fue el que menos se sorprendió ante el hallazgo de la mítica ciudad de los atlantes. Sin embargo, a diferencia de como le recibieran hacia 300 años en elDorado, de aquel reino fantástico solo emergieron las ruinas. Toda la tripulación se maravillaba por ser los primeros en ver ese espectáculo, Cándido los miraba con lástima pensando: “ilusos, vitorean y celebran que ya no les quedan siquiera las utopías”.
Capítulo V: de su llegada a los Estados Unidos y cómo Cándido se embarcó en un cohete.
Al desembarcar en Nueva York, Cándido y el resto de la tripulación fueron de inmediato asediados por personas que, según le explicó Helmut a Cándido, venían a ver qué parte de su historia podrían contar al gran público. La ciudad y el mundo entero estaban emocionados con la aparición de cuatro columnas mal puestas en medio del océano. ¡Si hubieran visto lo que Cándido encontró en medio de la selva sudamericana! Eso si era digno de emocionar al género humano al completo, el único lugar que podía confirmar las tesis del gran filósofo Pangloss. En cambio, el hallazgo de una derruida Atlántida, ¿qué explicación ontológica del mundo daba? Ninguna que llevase a pensar que ese mundo era susceptible de albergar un nuevo jardín. ¿Acaso se había equivocado abandonando el cultivo de la tierra y a sus amigos? A Cándido le asaltaban las dudas mientras su coronilla quedaba perpendicular a sus pies paseando entre los gigantes de hierro donde la extraña gente del s. XXI iba a trabajar. En menos de dos días desde su llegada a aquella joven nación ofrecieron a Cándido y Helmut colaborar en un libro, una saga de películas y dos series televisivas que narrasen su odisea por el océano Atlántico hasta encontrar y explorar la Atlántida. Cándido quiso rechazar el proyecto al no entender más de la mitad de este, no obstante, Helmut le convenció argumentado que si quería fundar su jardín en aquella tierra necesitaba primero prosperar, y que la manera de hacerlo era con el dinero ganado a base de duro trabajo y esfuerzo. Así aquellos que más se esforzaban y riqueza amontonaban eran meritorios de disfrutar un jardín donde ser felices gracias a las cosas que conseguían mediante ese dinero. “Si nos esforzamos y trabajamos mucho conseguiremos todo lo que queramos aquí, solo tenemos que ser los mejores”, decía Helmut. Cándido no estaba del todo convencido de que el trabajo duro era la única variable que garantizaba alcanzar los anhelos humanos, pero qué iba a saber él de ese nuevo país y los nuevos tiempos. Conforme iban viajando de proyecto en proyecto por aquel conglomerado de estados, Cándido no dejaba de sorprenderse por las inmensas estructuras físicas y metafísicas que achicaban el mundo y a uno mismo. Trabajó tanto y tan duro que estuvo a punto de olvidar por qué se esmeraba y dejaba de dormir buscando más capital que juntar. En este tiempo Cándido perdió su ingenuidad sobre el mundo, estaba más convencido que nunca que aquel no era el mejor de los mundos sino el peor y que el otro no era más que la fuerza antagónica a los intereses propios, en este mundo y en este siglo solo el más fuerte gana. O eso hicieron creer a Cándido, que cansado de hipocresía y cinismo estuvo a punto de abandonar la pretensión de encontrar un jardín donde ser feliz. Cándido cayó entonces en la más profunda desesperación y miseria, justo cuando empezaba a reunir una cantidad de riqueza equiparable a la que le estafó aquel pirata holandés. Fue por azar que Cándido conoció a un hombre que ofrecía a otros salir de este a otros mundos. “¿Podría ser esta la solución? He recorrido este nuevo mundo y también el viejo, y ninguno me parece favorable para colocar un jardín; si este no es el mejor de los mundos ¿acaso puedo alcanzar el que sí lo es?”. Una nueva esperanza renacía en su pecho, si este mundo no era susceptible de plantar un jardín otro lo sería. Cándido entregó todo el capital que habían conseguido en aquella nación de sueños rotos y el último diamante que conservaba de elDorado para comprar su billete de ida. Intentó convencer a Helmut de lo mismo, pero la idea de un mundo sin mar se le antojaba terrible. De nuevo, Cándido se embarcó en un nuevo viaje solo de ida hacia una realidad por completo distinta. Capítulo VI: de cómo Cándido observó desde la Luna uno de los muchos mundos. Tras salir disparado fuera de la atmósfera terrestre para no volver jamás, Cándido llegó a la Luna en tres días. “Tres días para llegar a la Luna y cinco meses para atravesar un continente, esta paradoja es digna de análisis de Pangloss, el que sigue siendo el más excelentísimo de los filósofos”, en esto pensaba Cándido mientras descendía de la que es sin duda la más formidable de las máquinas producidas por el hombre, capaz de separar al mismo de su propio origen. La travesía había transcurrido con una tranquilidad inquietante, propia solo del espacio, el silencio y la nada. Era la primera vez en que la mente y el cuerpo de Cándido volaban al unísono. Desde la ventana del cohete, Cándido advirtió cómo el mundo era tan grande y a la vez, jamás había sido tan pequeño. Cómo toda la tierra estaba unida y rodeada por agua y a la vez todo estaba tan distanciado que parecía casi aterrador, todo tan lejano y ajeno. ¿Cómo era posible que en tal vasto mundo no hubiera ningún lugar para él? Ni en tanta tierra, ni en tanto espacio, había encontrado la felicidad que ansiaba y que tanto había estado buscando. Quizá el mundo sí que era pequeño, y además, no era perfecto. Porque si este realmente lo fuera, él no habría llegado a esas conclusiones, y mucho menos estaría intentando escapar de las garras de un siglo que buscaba engullirle y devorarle. "Ni el amor ni la felicidad tienen cabida en un lugar así. No hay esperanza para el ser", pensó mientras el cohete se alejaba cada vez más. Durante la bajada cada tripulante exclamaba con perfecta retórica una frase susceptible de convertirse en célebre sobre la naturaleza del hombre y la grandiosidad de la humanidad, como a Cándido no se le ocurrió nada bajó la escalera en silencio. No fue hasta haberse colocado frente a la Tierra que se atrevió a hablar en voz alta aunque nadie le escuchase: “visto desde aquí, aquel no parece el peor de los mundos ni el mejor, solo uno de muchos. Ahora desde los astros celestes veo que mi jardín, el jardín de la humanidad solo tiene cabida en un ámbito nuevo fuera de la perversión del mundo que contemplo.” Cándido decía esto con el reflejo de su rostro en el casco mientras observaba la Tierra de fondo. “Solo nos queda crear el mejor de los mundos posibles para fundar nuestro jardín… eso hasta que nos cansemos y encontremos un nuevo y mejor mundo en el que instaurar un jardín nuevo y así sucesivamente en la infinitud del Cosmos. Eso es, aquí seré feliz hasta que deje de serlo, y entonces emprenderé un nuevo viaje”.
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